30 diciembre, 2011
22 diciembre, 2011
La Mosca.
Te dio por volar en la hora menos adecuada, tan cerca de mí, tan desesperantemente revoltosa. Te dio por volar a metro y medio de mi impaciencia. Culpa alguna no tenías ni tienes. Es este voluble genio que ando cargando, es todo.
Tu paradero, un vaso de agua de guayaba, tan fría como la muerte. Convidarte no quiero y te entremetes. Tú ganas, yo pierdo. Ahógate dentro, en la más pulposa de las aguas, en lo más dulce de la pulpa, ahí estás bien, de epitafio te pronuncio dos frases pausadas y mientras levantas tus quinientos ojos y me miras con lástima, yo te sentencio: “Pendeja has de ser, mira que ahogarte en un vaso de agua”.
13 diciembre, 2011
La Suerte
Cara o cruz, un as bajo la manga, un número al azar, unos ojos que te
encuentran por casualidad, una boca que te pronuncia, una moneda en tu camino, un
autobús que te deja, una cita a la que no llegas.
La suerte te toca, de vez en cuando, para bien o para mal, te toca. La
suerte es una puta impredecible que cambia de esquina según el cliente. Y llega
el día que te toca, la seduces sin saberlo y sin despedirse, se va. Esa es la
suerte.
Imposible detenerla, imposible manosearla cuando quieras. No le sabes
el nombre ni el apellido, no le sabes el disfraz, le conoces poco y por eso,
poco dura a tu lado.
Ella te sonríe. Tú no sabes hacerlo. Eres malagradecido, eres
soberbio, eres humano.
La suerte te toca muy despacio, con complacencia y sigilo te avisa que
va quedarse a dormir, que va quedarse para que le hagas el amor. Y tú sin tacto
y sin ojos, la ultrajas, la laceras, la sometes. A la mañana siguiente, nada,
lo de siempre. Se ha ido, sin dejar avisos, sin una nota, sin un teléfono a
donde llamar.
No es que la suerte se haya olvidado de ti, tú te olvidaste de ella, sin
embargo no es rencorosa, y sabes que va volver aunque no sepas cuando.
La próxima vez, que te queda claro algo: de la suerte no se abusa.
08 diciembre, 2011
Ensayo de una noche.
Altas,
obscuras, redondas horas que tiene la noche. Las horas después de las 12 duran
más de 60 minutos, me consta.
Y
desde aquí, desde una cama con ventana, se escucha lo de allá afuera, se oye el
respirar de los grillos y el ronquido de las calles. Y todo es perfecto. La
vida va bien, la resuelvo en dos, tres horas. Los pendientes está listos para
ser atendidos según lo planeado. La taquicardia ha disminuido con el último
sorbo de coca-cola y las deudas más baratas que tengo las tengo en el banco.
Todo va bien según el plan, según el destino (si es que hay uno).
Los
problemas más complicados de mi existencia se curan por la madrugada, se
resuelven con unos ojos pegados al techo, los míos. Que miran y hurgan de la
pupila pa´dentro. Y todo tiene solución, todo es sencillo, el laberinto más
enredado tiene salida, que no es otra que la entrada. El dolor más terrible
tiene remedio, se llama eutanasia.
Y
no, la cama no cabe por la ventana ni viceversa. La cama tiene tatuada mi
silueta y me reclama, pero hoy, he decidido no darle gusto, hoy voy a resolver mi
existencia de una vez por todas. Como todas las noches. Y sí, una vez más doy
con la solución, sólo que la solución una vez me parece muy fácil. Y yo que no
creo en lo fácil. Es entonces que caigo en cuentas, que lo mío, lo mío, en
realidad es un tema de incredulidad.
Quién
me manda tener muchas soluciones de sobra por las noches y no tener los problemas
suficientes para darles su lugar.
27 noviembre, 2011
El dueño de la funeraria.
El
dueño de la funeraria todos los días se levanta esperando que le alcance para
tener un mejor auto. El dueño de la funeraria quiere un viaje a la playa todo
pagado. El trabajo no es fácil, de lunes a viernes, a cualquier hora, en
cualquier momento. Gajes del oficio, dice el dueño de la funeraria.
Un
día estaba tan preocupado por pagar la hipoteca – cuenta – que rezó toda la
noche, no pedía mucho. Incrementar las ventas de su negocio, un par de clientes
nuevos, siempre tenían qué ser nuevos, su negocio no daba para aplicar lo de la
promo de cliente frecuente.
Durmió plácidamente, y en punto de las siete de la mañana lo levantó el teléfono. Una sonrisa le iluminó el rostro. Dios había sido bondadoso. Dios había dejado sin frenos un microbús.
Durmió plácidamente, y en punto de las siete de la mañana lo levantó el teléfono. Una sonrisa le iluminó el rostro. Dios había sido bondadoso. Dios había dejado sin frenos un microbús.
05 septiembre, 2011
El Ventrílocuo
Aquella
tarde en el camerino, el ventrílocuo y su muñeco Cascarito tuvieron una
discusión muy acalorada. El tema, Cascarito quería su independencia, el ventrílocuo se
negaba a dársela; en su defensa argumentaba: “¿De qué voy a vivir si ya no trabajo contigo?” Cascarito muy
ecuánime le respondía: “Anda, no seas
necio, puedes dedicarte a otra cosa, vender libros, ser guardia de seguridad,
velador, ¡qué sé yo!” El ventrílocuo, enojado por la postura del muñeco salió del
camerino, consideraba que la displicencia de Cascarito había llegado demasiado
lejos. Y enfundado en su orgullo se prometió que esta vez no sería él quien iba
a ceder, esta vez esperaría a que fuera el mismo Cascarito el que se diera
cuenta de su error y lo llamara. Cascarito nunca llamó.
Nimiedades
Hay
momentos, pequeños momentos, casi diminutos, que te cambian la vida.
Y
no hablo de momentos como lo son los cumpleaños o como las celebraciones de
vida, graduaciones, aniversarios y todas esas cosas que nos empeñamos por
pagarles peaje al futuro para que de alguna manera nos aseguremos que mañana
tendremos motivos.
No,
no hablo de esos momentos. Hablo de los que no tienen fecha en la memoria, de
los que no se celebran con un pastel ni se vuelven efemérides.
Un
regaño, un raspón de rodillas, una quemada, un beso, una mano en la entrepierna,
un susto, un diagnóstico, un quebrada de hueso o de corazón, una verdad
revelada, una palabra maldicha y bien puesta, una adolescencia, una canción, un
golpe de suerte, un lugar preciso, un colchón.
Tantas
veces te ha cambiado la vida y no te das cuenta, sigues pensando que lo
importante vas recordarlo siempre, y lo realmente importante es eso, que sin
saberlo, un día descubres cuánto te importaba.
Solos
Despiertas,
es temprano, en el cuarto hay luz, en el baño agua caliente y en el estómago
hambre. Te levantas, te acuestas, el tiempo pasa. Gente va y viene, siempre va
y viene, nadie se quedará a tu lado por mucho que lo quieras. La gente se va,
hay de la que no vuelve, de la que un día desaparece y de la te acompaña por
casualidades. Sí, casualidades.
La
gente está de paso, tú también. Se acompañan, se impregnan, se viven, se
penetran, se estigmatizan y simulan ser felices con la herida que causa la
rutina. Se engañan, se vive mejor disimulando, como una anestesia que adormece
el cuerpo y poco a poco al corazón.
La
gente busca, y no sabe qué busca, pero busca buscar, un algo, un beso, una
guarida, unos brazos, un cajón, todos buscan, y cansados de buscar se quedan
con lo que mejor les acomode. He visto gente calzándose a la fuerza zapatos que
no les corresponden y desangrarse los tobillos.
Es
tan básica esta vida, que basta con asomarte bien bien allá afuera y ver que el
día que viniste y viste luz, llegaste solo y llorando. ¿Qué te hace pensar que
tienes que vivir acompañado? nadie se acuerda de ti, nadie te va a proveer de
vida, ¿qué te hace pensar que el plan es encontrar a alguien? ¿a quién?
aceptémoslo, estamos solos, no importa cuánto, dónde y con quién vivas, cuando se
calle tu mundo, tú, sólo tú, cruzarás el río.
28 agosto, 2011
Vendo quitador de cargos de conciencia, totalmente nuevo.
Es un gusto hacer tratos contigo. Pon mucha atención.
Llegas, tomas asiento y esperas tu turno. Va haber una larga fila. No importa si nunca has sido un buen paciente. Espera un poco. Ya. Te toca, es tu turno.
Entras. Es un cuarto vacío y amplio, casi oscuro, salvo por el foco que ilumina el banco de madera de medio metro de altura que verás allá a lo lejos. Sobre el banco hay un trozo de papel con un nombre. Ve y tómalo, sí, es tu nombre. Entérate cómo te llamas de ahora en adelante. OK, respira. Es importante la respiración.
Es hora de pronunciarlo en voz alta, y en cuanto lo hagas vendrán los aplausos. Sí, sé que es tedioso todo el proceso, pero es necesario y así es. Eso no es lo importante. Lo importante es que está cerrado el tema, el papel es tuyo. No importa si no te sientes contento, tienes el protagónico y punto. Además, si estás aquí es por lo que te estoy vendiendo. ¿Qué no?
Luego, viene el protocolo. El director de la obra te pedirá unas palabras en honor a tan memorable e irrepetible momento, y como intuyes lo que se viene, debes afinar la garganta, aspirar hondo y escabullirte por la única salida que me acabas de comprar. No, no hay vuelta de hoja, ya estás aquí, pero si lo haces bien seguro, seguro no falla, garantizado. Tanto, como que te lo digo yo. Ahora sí, ponte atento, sólo tienes que repetir lo que te va eximir de todas tus faltas, el secreto está en convencerlos de que hagas lo que hagas, la culpa no es tuya, y este es el momento. ¿De acuerdo? Bueno, pues es justo ahorita cuando te susurro lo que tienes qué decir:
“Yo sólo soy el que ganó el casting para interpretar a (aquí dices tu nombre completo), el guión ya estaba escrito”.
03 agosto, 2011
Pato de Hule.
La felicidad puede ser cualquier cosa, una broma, una foto, un reloj, unos dientes rotos, una vela, un teléfono, una aroma, un peso, una palabra, un condón usado, un guión, un regaño, un invento, una hoja en blanco. He dicho, “cualquier cosa”, y cuando digo cualquier cosa es cualquier cosa, ahora sólo falta que a la felicidad le de la gana estar vestida de cualquier cosa para cuando la encuentres. #eldiccionario
27 julio, 2011
El señor sapo.
El señor sapo se asomó a un gran charco de agua y contempló a un sapo sucio y nada agradable, eso le generó la duda de si también el charco se contemplaría igual cuando se asomara a mirarlo.
18 abril, 2011
Como siempre pasa.
Ante una fila enorme de modelos de zapatos, la mujer no se decide cuál comprar, son muchos, los quiere todos, pero no puede comprarlos todos. Y tendrá qué decidirse, finalmente lo hace, los paga y se va; camino a casa, (como siempre pasa) duda si esos eran los que más quería. Llega a casa y la recibe su marido exclamando: ¡Otra vez se te fue el dinero en zapatos!, y ella duda, una vez más vuelve a dudar (como siempre pasa) si también era él al que más quería.
17 abril, 2011
La gente no lee.
La gente ya no lee, no le interesa leer. Se ensimisman creyendo que todo lo aprendido está aprendido y que sus ideales ya están formados o deformados y no leen.
Y yo que no renuncio a escribir, seguro es por un solo afán.
El afán del que escribe no está en que lo lean, es leerse de vez en cuando, para en un futuro tener testigos de donde viene y con descaro o sin soberbia, pueda medir la distancia recorrida.
El afán del que escribe no está en que lo lean, es leerse de vez en cuando, para en un futuro tener testigos de donde viene y con descaro o sin soberbia, pueda medir la distancia recorrida.
No hace falta gente que lea, hace falta más gente que escriba.
08 febrero, 2011
Horacio
Se llamaba Horacio, siempre al filo del peligro, vendiendo cacahuates japoneses en plena vía pública en el carril de alta, dos bolsitas por $3. Y no faltaba quien pusiera las intermitentes y bajara la velocidad a menos de 10 km/h y comprara dos bolsitas por $3.
Todos los días, religiosamente desde las 8 de la mañana aparecía Horacio, con su bolsotota de papel estrasa bien agarrada y todas las bolsitas de cacahuate japonés adentro, como chistera de mago. Inagotables esas bolsitas. Veces más, veces menos, pero vendía. Libraba bólidos mecánicos de todos modelos, 1985, 1973 y del año. Nunca faltaba quien con el vidrio abajo pasara y le gritara: “pinche pendejo, te van a dejar como calcomanía” o “ahhh verdá puto, no que no te quitabas”.
Llegadas las 19:30 hrs, Horacio cruzaba a toda prisa y sin fijarse toda la avenida para brincar la contención y llegar a la acera donde las calles se volvían de baja velocidad y relativamente el peligro de ser arrollado bajaba considerablemente. Pero tenía que pasar, jugar todos los días a la ruleta rusa, por honor a la ley de probabilidades tiene que llegar el día que te toque el premio mayor. Era sábado, 19:30 hrs, cruzó a toda velocidad la avenida, sin fijarse, como cada día laboral, así de pronto sólo se escuchó un tronido, un chasquido seco, humo, sonidos raros de fierro torcido, agua hirviendo con aceite y un grito. Solo uno. Cuando los curiosos se acercaron al lugar y uno que otro chismoso detuvo su auto para bajar a enterarse qué pasó más por morbo que por buen samaritano, se fue disipando de a poco esa niebla olorosa y densa. Y ahí estaba, una camioneta Chevrolet modelo 2003, con el cofre hundido y los faros apagados y reventados. En el interior, una mujer blanca que era morena sujetando el volante como si fuera a irse, con la mirada perdida hacia el frente y con la mente en blanco.
No se sabía que había pasado. La mujer se bajó a los minutos cuando se oyó la sirena arribando al lugar. El policía tomó nota del accidente, hizo las preguntas de oficio y por radio pidió dos grúas.
Nadie preguntó por Horacio, ni los morbosos, ni los chismosos, tal vez porque no sabían que se llamaba Horacio. Los cacahuates japoneses de dos por $3 estaban regados y sueltos sobre el asfalto, ya sin forma de venderlos a falta de saber cuántos cacahuates caben en una bolsita. Metros más adelante por el impacto, estaba el cuerpo de Horacio con su pelito pinto por todo el cuerpo, con los dientes raspando el suelo, mordiendo el polvo si convenientemente se puede decir. No había sangre. Raro, muy raro, cierto, sólo había un gran charco de leche, como si el susto le hubiera aflojado el esfínter de las ubres.
Ese sábado a las 19:30hrs quedó acentado en el informe. Habían atropellado en circuito interior a la altura de Chapultepec a la única vaca vendedora de cacahuates japoneses que he conocido. Raro, muy raro, cierto. Mira que llamarse Horacio.
Todos los días, religiosamente desde las 8 de la mañana aparecía Horacio, con su bolsotota de papel estrasa bien agarrada y todas las bolsitas de cacahuate japonés adentro, como chistera de mago. Inagotables esas bolsitas. Veces más, veces menos, pero vendía. Libraba bólidos mecánicos de todos modelos, 1985, 1973 y del año. Nunca faltaba quien con el vidrio abajo pasara y le gritara: “pinche pendejo, te van a dejar como calcomanía” o “ahhh verdá puto, no que no te quitabas”.
Llegadas las 19:30 hrs, Horacio cruzaba a toda prisa y sin fijarse toda la avenida para brincar la contención y llegar a la acera donde las calles se volvían de baja velocidad y relativamente el peligro de ser arrollado bajaba considerablemente. Pero tenía que pasar, jugar todos los días a la ruleta rusa, por honor a la ley de probabilidades tiene que llegar el día que te toque el premio mayor. Era sábado, 19:30 hrs, cruzó a toda velocidad la avenida, sin fijarse, como cada día laboral, así de pronto sólo se escuchó un tronido, un chasquido seco, humo, sonidos raros de fierro torcido, agua hirviendo con aceite y un grito. Solo uno. Cuando los curiosos se acercaron al lugar y uno que otro chismoso detuvo su auto para bajar a enterarse qué pasó más por morbo que por buen samaritano, se fue disipando de a poco esa niebla olorosa y densa. Y ahí estaba, una camioneta Chevrolet modelo 2003, con el cofre hundido y los faros apagados y reventados. En el interior, una mujer blanca que era morena sujetando el volante como si fuera a irse, con la mirada perdida hacia el frente y con la mente en blanco.
No se sabía que había pasado. La mujer se bajó a los minutos cuando se oyó la sirena arribando al lugar. El policía tomó nota del accidente, hizo las preguntas de oficio y por radio pidió dos grúas.
Nadie preguntó por Horacio, ni los morbosos, ni los chismosos, tal vez porque no sabían que se llamaba Horacio. Los cacahuates japoneses de dos por $3 estaban regados y sueltos sobre el asfalto, ya sin forma de venderlos a falta de saber cuántos cacahuates caben en una bolsita. Metros más adelante por el impacto, estaba el cuerpo de Horacio con su pelito pinto por todo el cuerpo, con los dientes raspando el suelo, mordiendo el polvo si convenientemente se puede decir. No había sangre. Raro, muy raro, cierto, sólo había un gran charco de leche, como si el susto le hubiera aflojado el esfínter de las ubres.
Ese sábado a las 19:30hrs quedó acentado en el informe. Habían atropellado en circuito interior a la altura de Chapultepec a la única vaca vendedora de cacahuates japoneses que he conocido. Raro, muy raro, cierto. Mira que llamarse Horacio.
31 enero, 2011
07 octubre, 2010
18 agosto, 2010
Anuncio XXX
Martes a la mañana, un día normal, de rutina; pasa lo suficiente para darte cuenta de que no pasa mucho. Un vagón, asientos vacíos y una mamá con su hijo hojean y ojean el ejemplar de una publicación gratuita de un intento de periódico. La mamá se entretiene leyendo por encimita titulares de noticias infladas a falta de un contenido digno por descubrir. Pasa una hoja, pasa otra y cuando va por la mitad del diario, su poca acostumbrada habilidad para maniobrar hojas tamaño tabloide y la zozobra de su pequeñín al sólo mirarla, la llevan a cederle un par de hojas con la intención de entretención en lo que llegan a la estación de bajada.
Sigue una estación más, y otra más y gente sube y gente baja. La mamá mira de reojo a su hijo, que dicho sea de paso no tiene la edad para leer, él tiene de par en par las hojas que ella le ha cedido para que se entretenga, y esas hojas son la de los anuncios xxx, con fotos muy sugeridas, tanguitas, nalgas, caras blureadas y pechos photoshopeados, y el niño se entretiene, el cometido está cumplido, pero la madre un poco espantada se da cuenta y sin pensarlo, les da vuelta a las hojas pero no se las quita. El niño, que poco entiende o no entiende nada, ahora mira entretenido la sección de las noticias de accidentes, mientras la mamá más tranquila, sigue ojeando la sección de espectáculos. Yo me bajo aturdido porque mi mañana de martes dejó de ser normal.
11 agosto, 2010
Sueños
Hoy soñé en una hora lo que no se sueña en todo un año una persona. Fue raro, fue como vivir mil cosas y todas seguían teniendo el mismo destino. Mi colchón. Ahí moría cada fragmento onírico, no importaba dónde empezaban o a dónde querían ir, morían uno a uno con intervalos dados por esa manía que me dio anoche por abrir los ojos después cada sueño.
Lo sueños son algo así como un purgatorio sin juicios, sabes que puedes hacer lo que se te antoje y aún así, nunca lo haces.
Hoy soñé más de lo que en mi vida seguro llegaré a vivir, y la mañana llegó y con ella, los ojos se abrieron por instinto de las ocho horas dormidas, y junto con la sensación de la garganta seca y chirriante y los primeros rayos de luz traspasándome la retina, esperé y esperé. Y no, era la misma vida y el mismo cuerpo, los sueños se habían acabado.
05 julio, 2010
03 mayo, 2010
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